Un futurismo guaraní. Muestra individual en Tiempo, Central Affair

Richar de Itatí y un futurismo guaraní

por Mariana Rodríguez Iglesias, curadora

En la sala porteña de Tiempo, en el corazón de la que alguna vez la manzana loca y vanguardista de Buenos Aires, la obra de Richar de Itatí (Ricardo Orlando Ortiz, n. 1980) nos invita a un encuentro inesperado con la tierra, el río, el fuego y las memorias de Itatí, un antiguo centro cerámico guaraní de Corrientes. En tanto artista contemporáneo, Richar evita definirse como ceramista o alfarero; en todo caso, es un investigador que, desde el arte, recupera técnicas ancestrales para dar forma a Tótems y Monstruones, Guerreros y Oráculos, y otras piezas hoy exhibidas en Un futurismo Guaraní.

Sus esculturas y dibujos no son solo objetos, sino seres vivos —híbridos de plantas, animales, montañas y nubes— que proponen un futurismo indígena guaraní, un horizonte donde la sabiduría ancestral dialoga con el presente para imaginar un mundo de coexistencia.

Entes místico-futuristas

Estas piezas son entidades emocionales y sagradas, pequeños dioses o monstruones que trascienden el tiempo. Sus series Tótems y Monstruones y Guerreros y Oráculos alternan entre esculturas cerámicas y dibujos en acuarela y tinta, donde cada soporte captura visiones distintas de una misma cosmovisión en codificación. Los dibujos, lejos de ser bocetos, son golpes instantáneos de imagen, destellos de seres que podrían ser plantas, yaguaretes o arquitecturas misteriosas. Las esculturas, en cambio, materializan esas visiones en barro, con texturas rugosas o bruñidas que parecen respirar.

La materialidad es el corazón de su obra. Cada pieza lleva incrustados fragmentos de cerámica antigua —huacas— recolectados en las orillas del río Paraná como un verdadero gesto de restitución. Podemos considerarlo el gesto de un “legítimo heredero” que rescata fragmentos del olvido, habilitando al mismo tiempo una coautoría con alfareros del pasado. Es más, esta conexión material trasciende cualquier voluntad decorativa: las huacas, como las piedras cornalinas o los restos arqueológicos que incluye, son amuletos que cargan las piezas de memoria y agencia, evocando la intensidad del azul en los ángeles arcabuceros que estudió Gabriela Siracusano, donde el color era un acto de resistencia en una América violentada por la colonización.

Una ética terrígena

La práctica de Richar es un desafío a la lógica colonial de la eficiencia. Su proceso comienza en las orillas del Paraná, donde recolecta barros de distintos tonos y texturas, navegando en canoa o tricicleta. Para transformar estas tierras en pasta cerámica, las mezcla con mucílago de cactus —un líquido viscoso extraído de la sábila— y las deja reposar durante un ciclo lunar, un ritual que honra el tiempo de la tierra. Luego, construye cada pieza con la técnica guaraní de chorizos superpuestos, enrollando cordones de barro con cuidado para evitar que colapsen. Este método, que requiere paciencia y destreza, contrasta con la rapidez del molde o el torno de la producción seriada.

El bruñido, otro paso crucial, lo realiza a mano con piedras de cuarzo o semillas de curuguai (ojo de buey), puliendo la superficie hasta lograr brillo e impermeabilidad sin necesidad de esmaltes. La cocción es un espectáculo en sí mismo: Richar quema sus piezas en tatacuá, hornos de barro con forma de iglú que concentran el calor de la leña, o en fogatas a cielo abierto, donde el fuego danza con la arcilla. Cada decisión —desde coser el barro con espinas de pescado hasta fermentar la materia con aloe vera— es una elección deliberada por complicar el proceso, una verdadera obsesión por lograr la pasta cerámica perfecta y, en suma, un homenaje a los saberes guaraníes suprimidos por siglos de violencia colonial.

Futurismo colectivo

Así es como esta obra cuenta dos historias entrelazadas. Primero, es la de un artista contemporáneo que, desde la investigación artística, recupera una práctica colectiva perdida tras la muerte de la última alfarera de Itatí en 1930.

Esta recuperación no es un acto individualista, como suele premiar el mercado del arte, sino un dispositivo de encuentro. Al igual que los artesanos guaraníes, cuya labor era inseparable de su comunidad, Richar crea con otros: con la tierra, el río y los alfareros del pasado cuyas huacas incorpora. Este enfoque resuena con lo que el teórico Nicolas Bourriaud llamó estética relacional en los años noventa, cuando observó a artistas creando espacios de diálogo tras la crisis del mercado. Pero mientras Bourriaud tuvo que inventar un concepto para describir ese “hacer-con-otros”, Richar simplemente lo rescató de la cosmovisión guaraní, donde el arte-técnica siempre ha sido un acto colectivo, enraizado en la tierra y sus espíritus.

Segundo, sus tótems y monstruones construyen un futurismo indígena guaraní, una alternativa a los relatos de tierras arrasadas y androides desalmados. Estas figuras —híbridas, místicas, con ecos de yaguaretes o arquitecturas— proponen un futuro donde las especies y culturas conviven en armonía. Inspirado por formas guaraníes y arawak, como las asas zoomorfas o los cambuchíes (antiguas tinajas usadas para enfriar la bebida), Richar modela un presente que valora lo ancestral como guía para un porvenir plural. Como dice, sus entes “inventan un destino diferente”, donde la evolución no es dominación, sino un retorno a los saberes que la colonización intentó borrar.

Nuestra invitación

Esta exposición no es solo una muestra de piezas escultóticas, sino una invitación a caminar junto al río Paraná, a tocar el barro de Itatí y a escuchar las historias que sus huacas susurran. Richar de Itatí, como artista contemporáneo, docente y gestor, nos desafía a repensar el arte en tanto acto de resistencia y relación. Sus tótems, monstruones y oráculos exceden la lógica de la reliquia y de un pasado idealizado. En todo caso, son propuestas dinámicas para un futuro donde la tierra y sus memorias sean protagonistas. Te invitamos a que te dejes llevar por estos seres y sus procesos, y considerar, poéticamente, los mundos que aquí se abren.

Mariana Rodríguez Iglesias

curadora de la exposición

Galería de la Inauguración:

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