Esta serie de acuarelas y tintas son a veces el germen de obras que luego toman cuerpo en cerámica, pero no siempre son bocetos. A veces, el dibujo llega después de la pieza tridimensional, como un desarrollo independiente. Las imágenes están en la cabeza del artista y van surgiendo en diferentes soportes. La idea ronda su mente y se manifiesta en distintos peldaños en una escalera. Páginas que se pasan en un mismo libro. Son un golpe de imagen instantáneo que solo da la bidimensión.
Los tótems y monstruones guaraníes no son del pasado ni del presente ni del futuro, sino entes emocionales y sagrados, que tienen forma de plantas, animales, montañas, nubes, y a la vez recuperan una ancestral forma de hacer alfarería. Los tótems, como pequeños dioses actuales. Los monstruones, seres híbridos, post-especies. Con ellos, desde el arte contemporáneo, vuelve al presente la tradición guaraní de amasado de barro del litoral, la construcción por chorizos superpuestos, el corrugado, bruñido, pulido, el ritual de la quema a leña a cielo abierto.

Traen una imagen a la vez enraizada en una cultura antigua, pero en diálogo con la actual, para imaginar un futuro distinto, donde los tiempos convivan, las culturas dialoguen armónicamente, las especies coexistan en una hermandad. La escritora Úrsula K. Le Guin nos habla de una nueva forma de practicar el ambientalismo: “Una forma de dejar de ver a los árboles, los ríos o las colinas sólo como recursos naturales es clasificarlos como seres compañeros: parentela. Supongo que estoy tratando de subjetivar el universo, porque miren a dónde nos ha llevado objetivarlo”.

Para dejar de lado la idea inexorable de un futuro infernal y un presente restrictivo, estos seres tienden un puente en dirección contraria al horizonte de la distopía. Los tótems, un intento por dominar el miedo a los dioses desconocidos: moderar su poder en una imagen, aquietarlos, contentarlos… volverlos cercanos. Amigables. Los monstruones, una evolución o adaptación en la que perviven plantas, minerales y animales. Las imágenes de los futuros posibles modelan aquello que nos importa en el presente. Si en vez de tierras arrasadas y androides desalmados concebimos otro horizonte, vivimos el hoy de otra manera, valorando aquello que una imagen nos señala como un porvenir posible. Estos entes guaraníes inventan un destino diferente, donde la evolución implica volver sobre los saberes ancestrales y aquello que tienen de bueno. Es la posibilidad que estas esculturas y acuarelas abren: la de soñar con un futurismo indígena guaraní.











