Virgen de Itatí

Noche a noche, me aparecía en sueños una Virgen blanca, inmaculada. Mientras la construía con la técnica guaraní de chorizos superpuestos y corrugado, mientras la Virgen iba apareciendo, le prendía velas. Usé agua bendita para amasar el barro, y para unir los chorizos con mucílago (baba de cactus y aloe) y desparramé dentro pequeños restos arqueológicos que encuentro en la costa del río, y que uso para transmitir la técnica.

La Virgen está hueca, como huecas son las obras de cerámica. Sin embargo, en este vacío, la Virgen contiene la luz que es su alma, que se enciende con las velas que le ponen lo fieles, con fe, agradecimientos y pedidos.

Intento rescatar la tradición alfarera guaraní desde el arte contemporáneo, y revalorizar así al pueblo desde sus virtudes: iluminar el barro con el fuego, iluminar al barro de Itatí con la luz de las velas junto a la Virgen.

Proceso de creación de la pieza

Sinoposis

Instalación participativa en torno de una escultura
120×100cm.

La Virgen de Itatí hecha en cerámica originaria, con técnica guaraní y barro recogido en la playa donde apareció la Virgen en Itatí, Corrientes: barro santo. Es una figura
hueca de 1.20 de altura y manto construido con la técnica ancestral de chorizo
y corrugado de los aborígenes de esas tierras, bruñido-pulido del rostro,
manos y corona. El manto cobija las velas que los visitantes quieran encender
y dejar.

La Virgen de barro

Itatí es un pueblo que estaba conformado por guaraníes antes de que vinieran los españoles. Ya era un pueblo ceramístico de mucha importancia por la calidad del barro, su fácil extracción y por las técnicas alfareras guaraníes. También estuvieron en la región los arawak (cultura arqueológica Goya-Malabrigo, rivereños plásticos), que fue un pueblo amazónico como los guaraníes que vino mucho tiempo antes. Su cultura se extinguió con la Conquista y sólo quedan restos arqueológicos. Demostraron una extraordinaria imaginación en sus obras zoomorfas, sus diseños y sus objetos de usos ceremoniales rituales.

Sin embargo, a principios del siglo pasado, 1934 exactamente, fallece la última alfarera de tradición guaranítica, de apellido Cuyuá, y ahí mismo, a partir de ese momento, se extingue la tradición. Prácticamente, en todo Corrientes se deja hacer alfarería, y, sobre todo, cerámica con tradiciones originarias.

Camino por las playas, las costas del río, las islas, y constantemente me encuentro con restos arqueológicos que me llaman mucho la atención. Sin querer, sin proponérmelo, esta misión me fue dada. Encarné el barro. Intento rescatar la tradición alfarera desde el arte contemporáneo, y revalorizar así al pueblo desde sus virtudes.

La obra nace del vacío. Se levanta chorizo a chorizo, rollizo a rollizo, cordones superpuestos, se va haciendo aparecer, va apareciendo. Cada chorizo es una línea dibujada en el espacio, línea tras línea, corrugado tras corrugado, es un proceso mental diferente al del torneado, que parte desde un bloque. La imagen ya tiene que estar incorporada en la mente, en el espíritu, del alfarero ceramista. Se parte del vacío, y es una dinámica compleja, típica de los pueblos originarios de América.

En esta obra, La Virgen está hueca, como huecas son las obras de cerámica. Sin embargo, en este vacío, la Virgen contiene la luz que es su alma, que se enciende con las velas que le ponen lo fieles, con fe, agradecimientos y pedidos.

No me considero solamente ceramista. Sí, un artista contemporáneo de este tiempo, que trabaja con el barro y encontró un modo, un método y un alma en la tierra, el agua y el fuego.

Con esta obra aprendí muchísimas técnicas ancestrales que me fueron viniendo en los sueños, constantemente, todos los días. Mientras hacía la obra soñaba. Noche a noche, me aparecía en sueños una Virgen blanca, totalmente inmaculada. Mientras la construía, mientras la Virgen iba apareciendo, le prendía velas. Usé agua bendita para amasar el barro, y para usar el mucílago, la baba del cactus o el aloe vera. También desparramé dentro pequeños restos arqueológicos que encuentro en la costa del río en Itatí, y que también los uso para enseñar, para transmitir la técnica.

Analizo esos restos arqueológicos, y observo las manos de esas personas que los hicieron. Me imagino el carácter, su forma de ser, a partir de un pequeño resto de esos ancestros guaraníes, y así también a ellos, a los ancestros, le fui pidiendo que me guiaran en la construcción. Fui encontrando soluciones.

Quisiera yo tener una máquina del tiempo y trasladarme a ese momento originario, y estar con ellos aprendiendo y viendo cómo lograban hacer esas ollas, urnas funerarias, algunas de capacidad de doscientos litros, gigantes. Y así, en mis sueños, en los pedidos, fui encontrando soluciones, técnicas, formas.

Entonces, esa es la misión: tratar de torcer esa ruina, ese abandono, ese desprecio, y volver, desde el arte contemporáneo, a revalorizar a los ancestros guaraníes, reconocerlos. Buscando el barro soñé que contrabandeaba barro, que traficaba, que ese es un flagelo del pueblo Itatí (el narcotráfico). En fin, la gente está mirando hacia otro lado. Estas generaciones todavía no la están viendo: todo el potencial de desarrollo cultural que podría tener la sociedad itateña. Entonces, pienso que esa es mi responsabilidad: visualizar, señalar, iluminar el barro con el fuego… iluminar al barro de Itatí con la luz de las velas.

A esta obra la llevo en mi mente hace más de cuatro años. Constantemente, fui preguntando a mis maestros alfareros cómo poder lograrla. Fui investigando las mezclas de los barros, el antiplástico, el tiempo de secado, su contracción, plasticidad. El capricho del barro. El barro es muy caprichoso. Pensaba en las culturas originarias como los arawak, los guaraníes, las técnicas ceramísticas precolombinas.

Todavía en proceso, la obra, en verdad, es una instalación, una performance en vivo al ir haciéndola. Y en vivo también hacer una quema a cielo abierto. Esta es una primera parte. Un pequeño atisbo. Una gran obra.

También, en esta obra iba pensando en el barroco latinoamericano, en el Aleijadinho (Antônio Francisco Lisboa) que es un referente del barroco latinoamericano de la escultura. Brasileiro, Aleijadinho, era el «Lisiadito«, tenía lepra, y sus manos se iban descomponiendo, y le iban atando los cinceles a sus brazos, y hasta sus últimos días fue tallando las imágenes de los santos y de Jesucristo. En fin, me imaginaba a Aleijadinho solucionando cuestiones estéticas del barroco en Latinoamérica.

También veía a los maestros de la cultura oriental, japoneses y coreanos: su paciencia. Y también, en relación con nuestros ancestros, veía que no tuvieron ellos un quiebre de su cultura así tan drástico, tan negado, como la Conquista. Es una cultura milenaria que no tuvo una ruptura como sucedió a los originarios los precolombinos. En eso pensaba, qué hubiese pasado si no se hubiese reprimido la construcción de urnas funerarias, por

ejemplo, o si se hubiese evolucionado hacia lo barroco, como el Aleijadinho. En fin, imaginando eso, pensando eso, en esa continuidad histórica o luchas y rupturas, de quiebres, de negaciones, es que esta obra fue emergiendo.

El barro está en la naturaleza, y también, observaba al hornero, al pajarito que construye su casa, que la usa solamente una vez al año, y las deja para otros pájaros, y al año siguiente vuelve a construir solamente con su piquito. Entonces, ese pájaro me decía: todo esto es posible. Rescatar la tradición alfarera de Itatí, que se valore junto con la Virgen.

Al hacer esta obra me fui transformando. Como la historia del poncho que tejieron los mapuches para el cruce de los Andes de San Martín, que sería como una armadura mágica. Cada hilada, cada trama del poncho con el que cruzó Los Andes, fue un rezo, fue un pedido para que le vaya bien en su empresa. En este caso también, cada hilada, cada chorizo, cada rollizo, en este caso fue un rezo, un pedido. Crucé, y voy a seguir cruzando, esos Andes, mis Andes interiores: todo lo que extraño de Itatí, mis hijos, la gente, el paisaje, el río, el monte, mi pueblo, mis seres queridos que fallecieron,       que ya no están, angustias, demonios, vicios que fui venciendo, hilada tras hilada, chorizo tras chorizo, rollizo tras rollizo, superpuestos, corrugados. Con una fuerza nueva, encuentro el hacer de esta imagen.

Richar De Itatí

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