Richar De Itatí crea obras de arte con técnicas ancestrales. El proceso de sus piezas comienza con una recolección de barro de distintos tipos. Barro gris de los Esteros del Iberá, de Colonia Pellegrini, mezclado con el barro rojo de Itatí, barro santo, que tiene cantidades importantes de óxido de hierro que le da su tono característico y de mica, que le aporta motas de brillo y una condición refractaria que lo hace único. En la mezcla hay kupií de la zona de Guayú, que es el hormiguero de las termitas. Y también arenisca de la costa del Río Paraná y talco natural extraído de Acauaí, frente a la Isla Pacurí de Itatí. Otras veces incluye en sus mezclas tierra de San Luis del Palmar y de Corrientes,o de islas a las que llega a remo, en silencio, a recolectar material para su obra.
Para hacer de todas estas tierras de distintos paisajes una pasta cerámica, amasa con mucílago, baba de cactus. Como mínimo lo deja reposar un ciclo lunar. Recién entonces, comienza a levantar la pieza con el sistema tradicional de chorizo de los pueblos originarios, cordones superpuestos.
Después, cada obra pasa por un detallado proceso de bruñido, un pulido a mano con piedras de cuarzo o semillas de curuguai, para lograr impermeabilizar la pieza y darle brillo. Son técnicas originarias que se diferencian de las occidentales y orientales del esmaltado y el uso del torno, de los que los prescinde en favor de una realización y acabado manuales, pacientes y amorosos.
La cocción también es diferente. No usa hornos eléctricos, sino que las piezas se queman a leña en hornos tatacuá, pozo de fuego se podría traducir para nombrar los hornos con forma de iglú. Otras veces la quema es en grandes fogatas a cielo abierto, que son en sí mismas un espectáculo.
Cada pieza es única y pasa por todo este largo proceso de creación, en las manos de un artista contemporáneo que entiende que el arte comienza en la orilla del río y termina en una montaña de fuego. Todas sus geografías, sus horas, sus gestos, están en esas obras.
